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Los contenidos periodísticos que se publican en este resumen informativo son responsabilidad exclusiva de sus medios emisores y no representan, de manera alguna, la opinión de la Coordinación para el Diálogo y la Negociación en Chiapas.
México, D.F, 19 de junio de 2010
EZLN
Las simpatías de ''Monsi'' por el EZLN y los gatos
Carlos Monsiváis, prolífico ensayista, autor de numerosas crónicas y columnas en los principales periódicos de la historia reciente, activista e irónico crítico del gobierno mexicano, falleció el sábado, informaron amigos y autoridades. Tenía 72 años. Monsiváis, nacido el 4 de mayo de 1938, es conocido por una carrera de más de 50 años dedicada a hacer la crónica de los cambios históricos, las tendencias sociales, la cultura popular y la literatura mexicana. Fue también un activista de numerosas causas de izquierda. Monsiváis murió un día después del fallecimiento del Nobel de Literatura 1998, José Saramago, con quien recorrió en 1998 algunas comunidades indígenas del estado sureño mexicano de Chiapas. Tanto el escritor portugués como el mexicano eran simpatizantes de la guerrilla del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). (El Diario de Yucatán)
“Se adelantó un hombre íntegro”
Paralela a su vida literaria, la de José Saramago también fue una vida de compromiso. “No era de esos autores que se encerraban en su torre de marfil”, aseguran cada quien por su parte, pero de manera unísona la editora Marisol Schulz Manaut, así como Ana Laura Santamaría, directora asociada de la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey. La de Saramago era una pluma –y voz– que insistentemente se preocupaba por las llamadas “minorías”. Su voz estuvo siempre presente por igual al lado de la sociedad paquistaní, de los miles de afectados por el terremoto en Haití o, incluso, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) a quienes visitó en Chiapas. (Milenio, Crónica, AFP, La Jornada)
Con el corazón en la izquierda
Ninguna causa justa le era ajena a José Saramago; su compromiso siempre estaba con los que menos tienen, con los abandonados y las clases sociales más desprotegidas. Desde esa conciencia moral y ética, al visitar Acteal en 1998, un mes después de la matanza en ese pueblo chiapaneco, ofreció a los indígenas “darles voz para que no se repita esta matanza”. Saramago fue un narrador cercano a México a través de la amistad y su compromiso con las comunidades indígenas de Chiapas y su cercanía con el subcomandante Marcos y el Ejército Zapatista, de quienes años después se convirtió en severo crítico; así lo hizo con Cuba y Fidel Castro con quien rompió en su totalidad mediante un texto titulado “Hasta aquí he llegado”. Saramago mantuvo firme su apoyo a los indígenas de Chiapas tal como recuerda Sealtiel Alatriste, su editor y amigo mexicano, quien acompañó al escritor a Acteal y fue testigo de cómo una representación de indígenas llegó hasta el aeropuerto para despedirlo y externarle su agradecimiento. Alatriste cuenta que Saramago entró en contacto con el movimiento zapatista mucho antes de la llegada de la Caravana Zapatista que presenció en la Plaza de la Constitución; estuvo en México en un evento organizado por Carlos Fuentes en El Colegio Nacional, un coloquio sobre la Geografía de la novela, donde fue presentado por José María Pérez Gay y en el que habló de su literatura. “Luego me pidió organizar un viaje a Acteal, fuimos a esa ciudad con Pilar del Río, su mujer, un mes después de la matanza. Todavía vimos a niños que se recuperaban de balacera; recibimos testimonios frescos de los indígenas. Saramago, que no era religioso, asistió a una misa porque se lo pidieron los indígenas y él les ofreció darles voz para que no se repitiera la matanza y para que hubiera justicia”, afirma Alatriste. Sealtiel Alatriste, actual director de Difusión Cultural de la UNAM, afirma que Saramago nunca hizo una novela para darles voz a los desposeídos, sino que él les da voz con su propia voz. “Años después, cuando regresó a México para dar una conferencia en Bellas Artes, dijo: ‘hasta aquí la literatura’, y entonces empezó a hablar del EZLN y de por qué lo defendía. Fue un momento importante ese en el que les dio voz a los indígenas, pues esa mañana había recibido las llaves de la ciudad y en la tarde se atrevió a externar sus propias ideas sin ofender a nadie”. A Saramago lo unió la lucha y la amistad con México. No sólo tuvo grandes amigos como Cuauhtémoc Cárdenas y José María Pérez Gay, también afinidades con partidos y periódicos de izquierda; en cada visita compartía sus reflexiones en torno a temas como el fracaso, el zapatismo, el poder de Estados Unidos, la comunidad judía y Jesucristo. En su visita de 2003 se reunió con Luis H. Álvarez, Coordinador para el Diálogo y la Negociación en Chiapas. (El Universal)
'Aquí, soy un zapatista'
Un niño mutilado afligía la memoria de José Saramago. Era Gerónimo Vázquez, un chiapaneco de cuatro años que había conocido la ferocidad de las balas: perdió cuatro dedos de su mano derecha en la matanza de Acteal, en diciembre de 1997. "La mirada de ese niño al que le han destrozado para siempre la vida no se me borrará jamás de la memoria", confesó el narrador lusitano, quien tres meses después de ocurrida la masacre de 45 tzotziles llegó a Chiapas, tras sortear varios retenes militares. "Vengo a poner mis palabras a sus órdenes", ofreció a los pobladores. Ése era Saramago, recuerda la escritora Elena Poniatowska, el hombre de filiación zapatista que hablaba sin tapujos en territorio nacional sobre la vejación de los indígenas, los conflictos electorales, las desigualdades sociales, el narcotráfico o la corrupción. El obispo Samuel Ruiz y el escritor Carlos Monsiváis lo acompañaron en aquella travesía. "La palabra Chiapas", prometió, "no faltará ni un solo día de mi vida. Volveré a Chiapas, volveré". Regresó en 1999, para reunirse con la comandancia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. "En México no soy comunista, soy zapatista", declaró. En 2001, junto con los cantantes Miguel Ríos y Joaquín Sabina, el portugués saludó desde un balcón del Palacio del Ayuntamiento a la caravana zapatista, cuando ésta culminó en el Zócalo un recorrido de 16 días desde Chiapas. (Reforma)
Controvertida faceta política
Uno de los días más felices del escritor José Saramago, según sus propias palabras, ocurrió en 2001 cuando marchó rumbo al Zócalo capitalino junto con los miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Entonces, dijo, el suceso abría el camino "a la esperanza de la realización plena del ser humano". Una de las vetas más importantes del Nobel de Literatura fue, sin duda, su gran activismo político y sus posturas ideológicas que en diversas ocasiones acarrearon controversia. (Excelsior)
CHIAPAS
Campesinos de Oaxaca y Chiapas exigen indemnización por tierras expropiadas
Representantes de ejidatarios y campesinos se manifestaron frente a Palacio Nacional para demandar la intervención del presidente Felipe Calderón, con el fin de que habitantes de 37 poblados sean indemnizados por la expropiación de sus tierras hace 35 años en Oaxaca y que les sean restituidas las propiedades a cientos de colonos que fueron desalojados, de forma “violenta”, en Chiapas y Oaxaca.
Los integrantes de la Confederación Nacional de Asesoría Agraria Obrero Popular exigieron también una auditoría a la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA) y al Fideicomiso Fondo Nacional de Fomento Ejidal (Fifonafe) por presunta malversación de fondos destinados al pago de indemnizaciones por expropiaciones. David Vega Guerrero denunció que desde hace 16 años la SRA se ha negado a resolver el despojo que sufrieron 145 familias de 20 mil hectáreas de San Isidro la Gringa, Cintalapa, Chiapas, quienes a pesar de tener los títulos de propiedad fueron desalojadas por autoridades federales y estatales, y no han recibido indemnización alguna. (La Jornada)
Considera indígena un honor ser encuestador de INEGI en Chiapas
“Colaborar en un acto tan importante para el país es un honor y lo hago con mucho gusto”, aseguró el indígena Fausto Santiz Pérez, encuestador del INEGI, a quien le tocó recorrer San Juan Chamula y San Cristóbal de las Casas. Originario de la comunidad Yibeljoj, municipio de Chenalhó, Santiz Pérez tiene la facilidad de hablar su lengua materna, pero a pesar de ello ha encontrado dificultad para obtener la información en el municipio de San Juan Chamula. “Hay gente que no quiere nada con el censo, piensa que no sirve para nada la información y no contestan”, aunque resaltó que hay muchos indígenas que manifiestan voluntad para dar información, porque en otras ocasiones lo han hecho y han corroborado “que es importante saber cuántos somos”. (El Financiero, Cuarto Poder)
Reportan pendientes en comunidades indigenas de Chiapas
Los indígenas esperan los comicios del próximo 4 de julio y el cumplimiento de las futuras autoridades municipales y diputados locales, pues hay muchos pendientes, señaló el diputado local priista, Domingo Pérez López. ``Los indígenas estamos entusiastas, se aproxima la jornada electoral, queremos participar, pero también que se nos escuche y atienda'', afirmo el representante del Distrito Electoral XXII, con cabecera en Chamula. ``En muchas comunidades la gente elige a sus candidatos mediante usos y costumbres, pero el ejercicio del sufragio es secreto y libre, así esperamos soluciones justas'', señaló. Pidió que el Gobierno Federal tome cartas en el asunto y apoye al estado para terminar con los pendientes, ``fue una millonada de pesos sin comprobarse, están en bolsas de algunos chiapanecos, los afectados siguen inconformes y a la espera de que se les atienda'', dijo el legislador (Notimex)
ARTÍCULOS, COLUMNAS Y EDITORIALES
Saramago: un hombre afortunado
Hermann Bellinghausen escribe en su artículo que “desafiante, claro, comprometido, en marzo de 1998 José Saramago llegó a México dispuesto a sacar de quicio al gobierno de Ernesto Zedillo. Semanas atrás había anunciado, en un artículo muy duro que dio la vuelta al mundo, que visitaría Chiapas y expresaría su apoyo a los rebeldes zapatistas. ‘Estoy aquí porque no me da igual’, insistiría luego desde las montañas de Chiapas. La Secretaría de Gobernación amagaba con aplicarle el 33 constitucional si ‘intervenía en asuntos internos’ Por entonces estaba de moda expulsar extranjeros de Chiapas. La masacre en Acteal estaba fresca, la indignación mundial era intensa, y mayúsculo el predicamento del gobierno zedillista, acusado de las masacres y la contrainsurgencia. Durante toda su visita al país trajo sobre los tobillos a la Secretaría de Gobernación y los servicios de inteligencia. Lejos de atemorizarlo, el acoso le dio mayor solidez a su actitud. Durante una semana expresó públicamente lo que quiso, y el día 14 llegó a Chiapas con Carlos Monsiváis y Juan Bañuelos, y con ellos visitó las comunidades la mañana siguiente.
En la cabecera municipal de Chenalhó lo detuvo e interrogó con rigor un retén de migración, y enseguida uno del Ejército federal. En Majomut ingresó al campamento militar que sitiaba los campamentos de refugiados de Polhó y confrontó al mando militar, sin obtener una explicación convincente del cerco armado a los desplazados zapatistas. Visitó sin prisa a los desplazados zapatistas, se entrevistó con los sobrevientes de Las Abejas en Acteal, y con el consejo autónomo de Polhó. Se indignó y lloró, se emocionó al ver la resistencia de los indígenas. Se comprometió con ellos a llevar su voz a donde le fuera posible. Fue un hombre de palabra, y siempre cumplió ese compromiso. Saramago volvería a Chiapas para entrevistarse en el Aguascalientes e Oventic con el comandante Davidy otros comandantes zapatistas. Y durante la Marcha del Color de la Tierra en 2001 se encontró al fin con el subcomandante Marcos, con quien de tiempo atrás sostenía una conversación política, literaria e intelectual. En 2002 participó en el Aguascalientes zapatista en Madrid, al lado de Manu Chao, y una vez más puso su palabra, su respaldo y su prestigio al servicio de la lucha zapatista. Fue desde el primer contacto que tuvo con los indígenas rebeldes que supo qué le tocaba hacer. A través de su actitud comprometida, estremecedoramente humana, José Saramago estableció con el México de abajo una relación notable y para siempre. El privilegio fue de todos.” (La Jornada)
En recordación de Acteal
José Saramago mencionó en su artículo (publicado el sábado 10 de octubre de 1998) que, “sin embargo, la mañana que se publicó la matanza de Acteal mi casa se paró. Dijimos: Tenemos que comprender. Debemos compartir. Y nos fuimos a México, a Chiapas, al centro del dolor y al corazón de nuestro pasado, al único lugar donde el conocimiento podía producirse.” (La Jornada)
TEXTOS
En recordación de Acteal
José Saramago/La Jornada
Cada mañana, cuando nos despertamos, podemos preguntarnos qué nuevo horror nos habrá deparado, no el mundo, que ése, pobre de él, es sólo víctima paciente, sino nuestros semejantes, los hombres. Y cada día nuestro temor se ve cumplido, porque el ser humano, que inventó las leyes para organizarse la vida, inventó también, en el mismo momento o incluso antes, la perversidad para utilizar esas leyes en beneficio propio y sobre todo, en contra del otro. El hombre, mi semejante, nuestro semejante, patentó la crueldad como fórmula de uso exclusivo en el planeta y desde la perversión de la crueldad ha organizado una filosofía, un pensamiento, una ideología, en definitiva, un sistema de dominio y de control que ha abocado al mundo a esta situación enferma en que hoy se encuentra.
Sirva este largo preámbulo para explicar el estado de ánimo con que recibí la terrible noticia de la matanza de Acteal. Se nos decía “cuarenta y cinco muertos en Chiapas” como antes se había hablado de “insurgencia en Chiapas” y uno acepta el enunciado como si fuera un mazazo uno más que añadir al de ayer y al de mañana, una cuenta más en el rosario de crímenes del hombre contra el hombre. Sin embargo, la mañana que se publicó la matanza de Acteal mi casa se paró. Dijimos:
Tenemos que comprender. Debemos compartir. Y nos fuimos a México, a Chiapas, al centro del dolor y al corazón de nuestro pasado, al único lugar donde el conocimiento podía producirse. Fuimos a Chiapas y nos vimos reflejados en las miradas de los indios sobrevivientes de las matanzas de la historia, en los ojos negros de los niños mutilados, en la paciencia incomprensible de los ancianos que nos observaban, quizá queriendo comprender también ellos. Viendo a los indios chiapanecos descubrimos nuevos rostros de la lógica del poder, tan igual siempre, tan inmutable a lo largo del tiempo, de las generaciones y de los usos políticos.
Estuvimos en Chiapas. Vimos las casas de los indios, los campamentos de desplazados, los asentamientos provisionales y los considerados definitivos. Conocimos sus propuestas para el futuro, que para ellos siempre será imperfecto, y que están reflejadas en los Acuerdos de San Andrés que el gobierno suscribió y ahora no quiere respetar, y conocimos a Rosario Castellanos, la escritora que a pesar de haber muerto hace 24 años sigue siendo una embajadora de Chiapas, porque en sus novelas supo contar las vicisitudes de los indios y las tropelías de los blancos. Vimos al ejército mexicano con uniformes de campaña y equipado para iniciar una guerra. Vimos a los cooperantes internacionales asistiendo a niños desnutridos y a mujeres jóvenes que han perdido su dentadura y el cuerpo se les ha resquebrajado como se resquebraja el barro seco que sostiene sus pobres casas. Vimos la pobreza, la humillación, el dolor, pero también vimos la dignidad en las palabras del guerrillero que nos describía por qué decidió rebelarse y secundar el llamamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, último y quizá único recurso para frenar el lento genocidio que vienen padeciendo los indios de México y del resto de América.
Porque los indios de Chiapas no son los únicos humillados y vencidos del mundo: en los cinco continentes se repiten cada día situaciones de vejación y crimen contra grupos, etnias, pueblos, en definitiva, contra los pobres de los pobres, contra lo que el sistema imperante, el capitalismo autoritario que rige el mundoconsidera inútil para sus objetivos y por lo tanto, descartable, saldo, material de derribo susceptible de eliminación sin pagar por ello. Sin que los auténticos responsables paguen por ello, como una y otra vez estamos viendo. Sin embargo, en Chiapas se ha dicho basta. Los indios se han organizado para combatir y negociar. En torno del subcomandante Marcos, han plantado cara al gobierno y han dado una lección de dignidad al mundo y esto no es retórica. La decisión firme de vivir otra vida la percibimos en los hombres y mujeres con las que hablamos, en la firmeza y en la rotundidad de gestos y palabras, en la nueva concepción que de ellos mismos tienen. Los indios han asumido para ellos el proyecto de Zapata, y zapatistas ellos, es decir, bajo la bandera de “Tierra y libertad” que Zapata esgrimió, seguirán combatiendo al gobierno, al latifundio, al capital, a la concepción de la historia que los considera superfluos, especie por extinguir.
Fuimos a Chiapas. Recogimos impresiones, conocimiento, emociones. Compartimos el dolor y las lágrimas. Como otros que fueron antes los que irán en el futuro. Sabemos que tenemos la obligación de contar lo que vimos, decir los nombres de los niños, de los cooperantes, de las personas que se hicieron indias para poder sentir como los indios y así comprender mejor. Vinimos cargados de nombres, Jerónimo, Pedro, María, Ulises, Samuel, Marcos, Rafael, Ramona, Rosario, Carlos, nombres castellanos para una gente antigua y contemporánea.
Chiapas no es una noticia en un periódico, ni la ración cotidiana de horror. Chiapas es un lugar de dignidad, un foco de rebelión en un mundo patéticamente adormecido. Debemos seguir viajando a Chiapas y hablando de Chiapas. Ellos nos lo piden. Dicen en un cartel que se encuentra a la salida del campo de refugiados de Polho: “Cuando el último os hayáis ido, ¿qué va a ser de nosotros?”
Ellos no saben que cuando se ha estado en Chiapas, ya no se sale jamás.
Por eso hoy estamos todos en Chiapas.
Texto publicado en La Jornada el sábado 10 de octubre de 1998
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